El ave, que claramente había sido adiestrada para esta tarea, tenía como destino un patio específico del centro penitenciario donde era esperada por varios internos. El animal portaba un arnés adaptado a sus alas, funcionando como una pequeña maleta, y sobre su lomo cargaba varios cables para cargadores de teléfonos móviles, envueltos cuidadosamente en plástico vinipel.
Los funcionarios de seguridad que detectaron al ave grabaron un video mientras realizaban la inspección, dejando al descubierto el ingenioso pero rudimentario sistema utilizado para convertir al animal en un mensajero de contrabando, una práctica que, al parecer, se había repetido en múltiples ocasiones.
Aunque la escena de una paloma operando como traficante resulta sorprendente, no es la primera vez que el Inpec se enfrenta a situaciones de esta naturaleza. En ocasiones anteriores, los guardias han notado vuelos inusuales de aves sobre los patios y alrededores de diversos centros de reclusión.
Resulta rutinario observar en los patios de estas cárceles a los privados de libertad alimentar a las palomas con tal dedicación que parecen estar preparando el terreno para convertirlas en domiciliarias del cielo, capaces de evadir cualquier filtro de seguridad.
Lo más curioso de este caso es que el Inpec carece de protocolos o celdas para sancionar a las aves que logran infiltrarse en los recintos. Tras documentar el hecho en video, lo único que pueden hacer los custodios es liberar al animal, con la plena certeza de que el ave regresará al lugar donde ha sido entrenada para aterrizar.
Esta historia, que parece sacada de una película, queda como un hecho curioso y hasta divertido para algunos. Sin embargo, los reclusos son conscientes de que se trata de una estrategia casi perfecta: logran ingresar elementos prohibidos al penal sin correr el riesgo de ser delatados por su mensajera emplumada.