Edamir Gades, un residente de 61 años, relató a EFE la magnitud de la destrucción en su hogar: «Aquí era mi casa y no sobró nada. Solo sobró esa cama. La casa quedó totalmente destruida. Lo único que queda es esta sala (las paredes), pero sin techo». Gades expresó su incertidumbre sobre el valor de lo perdido y los recursos necesarios para la reconstrucción, ya que «tenemos que hacerlo todo de nuevo».
La situación de Gades es similar a la de cerca de 1.000 personas que han sido alojadas temporalmente en refugios improvisados en escuelas y gimnasios del municipio vecino de Laranjeiras do Sul, que al menos mantiene sus servicios públicos.
El tornado, que atravesó Río Bonito do Iguaçu, un municipio de 13.500 habitantes, en menos de dos minutos, dejó un rastro de destrucción a su paso. Viviendas reducidas a ruinas, árboles y postes del tendido eléctrico arrancados, vehículos volcados y escombros esparcidos por toda la localidad son el testimonio del paso del fenómeno.
De acuerdo con la Defensa Civil de este municipio brasileño, ubicado cerca de las fronteras con Paraguay y Argentina, el evento extremo resultó en seis fallecimientos, 835 personas heridas, de las cuales 32 permanecen hospitalizadas, y el 90% de las edificaciones quedaron en el suelo.
Este tornado, con una intensidad sin precedentes en el sur de Brasil y vientos que alcanzaron los 250 kilómetros por hora acompañados de tormenta de granizo, fue consecuencia de un ciclón extratropical que afectó al sur de Brasil, generando alertas en varios estados, pero que perdió fuerza el domingo.