Esta cifra, que en números redondos es 2 millones y medio de bolívares, refleja un incremento de casi 850 mil bolívares con respecto al costo de la cesta de julio, o sea un aumento porcentual, solo en un mes, de 51,5 %.
Estos incrementos impactaron con fuerza en el sector alimentario, prácticamente en las dos últimas semanas de agosto. La carne, el pollo, el arroz , la leche, los embutidos y los granos, así como diversos productos y servicios, saltaron de repente, hasta el doble de su valor, cien por ciento o más, sin que hubiese una explicación al alcance del pueblo, que es el que acusa el golpe de los aumentos de precio.
Sin embargo, había dos razones poderosas para explicarlo: una, solo un rumor que aún existe -y cada vez está más cerca de concretarse, que es la posibilidad de un nuevo aumento salarial, del cual se han mencionado cifras enormes. Y la otra, que parece ser la razón real, el incremento inusitado del dólar, cuyo valor, tanto en el mercado negro como en el Banco Central, se afectó al alza, casi en la misma proporción.
Ya el venezolano está acostumbrado a que cuando los precios van subiendo, de un momento a otro se anuncia un aumento salarial. Y además porque, como dice el refranero popular venezolano, “cuando el río suena, piedras trae”, poco antes del anuncio oficial, ya los precios han escalado a nuevas cifras.
Esto viene ocurriendo actualmente. Los precios suben, y aparece el fantasma de un aumento salarial. Y ante la tardanza del anuncio, los precios siguen subiendo, y la amenaza se acentúa. Es un círculo vi cioso y agobiante, cuyo peso descarga en los bolsillos de la gente.