Esta alteración se relaciona con la pérdida de tejido adiposo subcutáneo, la fragilidad de los capilares sanguíneos y una reducida capacidad para sudar. Todos estos factores contribuyen a que las personas mayores sientan más frío, «incluso cuando la temperatura ambiental es moderada. Además, perciben con menor intensidad el sobrecalentamiento, lo que puede hacer que no desarrollen fiebre aún en presencia de una infección», comenta la doctora.
¿Por qué puede suponer un riesgo?
La especialista en geriatría asegura que, ante bajas temperaturas, el cuerpo reacciona perdiendo calor. Para intentar conservar la temperatura interna, los vasos sanguíneos de la piel se contraen. En algunas personas mayores, este proceso puede desencadenar un aumento de la tensión arterial.
En estas circunstancias, es crucial prestar especial atención a individuos con padecimientos como Parkinson, demencia, ictus u otras afecciones que afecten la movilidad. Estas personas podrían tener mayores dificultades para abrigarse correctamente, lo que incrementaría el riesgo de hipotermia y de una pérdida acelerada de calor corporal.
Por otro lado, David Curto, director Médico, Calidad e Innovación de Sanitas Mayores, explica que para prevenir el frío excesivo en adultos mayores, es fundamental mantener una temperatura adecuada en el hogar, idealmente entre 21 y 23 °C. La vestimenta también juega un papel importante, y los expertos recomiendan: