A las 09:30 de Melbourne, 23:30 del sábado hora peninsular española, comenzó un juicio que iba más allá del deporte, en mitad de una pandemia mundial y mientras Australia registraba 58.837 contagios en las últimas 24 horas con 383 personas en las unidades de cuidados intensivos. Un contexto que jugaba en contra del tenista,
presentado por el gobierno de Australia como un ‘peligro público’ para la salud.
Djokovic (34 años) vivió un sábado duro. Tras declarar a primera hora ante funcionarios de Inmigración, se le permitió reunirse con sus abogados para preparar la audiencia y a mediodía fue detenido de nuevo y conducido al siniestro Park Hotel donde inmigrantes irregulares llevan años confinados. A primera hora del domingo, fue trasladado al bufete Hall&Wilcox de la Rialto South Tower de Melbourne, desde donde sus letrados liderados por Nick Wood intervinieron telemáticamente ante el tribunal.
Wood recordó la frase del juez Anthony Kelly, que devolvió la visa a su representado en una primera instancia: «¿Qué más puede hacer este hombre?». E hizo notar que las razones para denegarle la entrada el 5 de enero no tenían nada que ver con las que el ministro Alex Hawke adujo para revocar, con el poder que le da la ley, el visado de nuevo.
MALA INFLUENCIA
En resumen, el gobierno ‘aussie’, que aceptó la validez de la exención médica expedida por Tennis Australia para no pasar una cuarentena de 14 días, expuso en declaración jurada que Djokovic podría «alentar el sentimiento antivacunas», lo que derivaría en «un aumento de los disturbios civiles». Y censuró su actitud tras dar positivo el 16 de diciembre. «Su comportamiento puede alentar o influenciar a otros a imitar su conducta y no cumplir con las medidas sanitarias apropiadas después de una prueba positiva, y así conducir a la transmisión de la enfermedad y un riesgo grave para su salud y la de otros».
El letrado del balcánico argumentó que Djokovic sólo defiende «la libertad de elección» afeando al ministro que no buscara aclaraciones en los últimos días sobre la postura del jugador. También destacó que la presencia de este en numerosos torneos nunca provocó protestas de activistas contra la vacunación. Ni siquiera en Melbourne en 2021 y que los incidentes de los últimos días tuvieron que ver con la retirada del visado, no con el movimiento negacionista. «Es irracional mirar sólo hacia un lado. El sentimiento antivacunas puede avivarse con la cancelación del visado», avisó. Toda su estrategia consistió en separar a Djokovic del papel de líder del activismo contra la inmunización.
RESISTENCIA EN SERBIA
«A estas alturas de la pandemia, él podría haber estado vacunado. Si no lo está, indica una elección de su parte», respondió después Stephen Lloyd, abogado del estado, que abundó en el ejemplo negativo que supone la postura de una gran estrella y recordó que acudió, estando infectado, a actos sin mascarilla como la entrevista con L’Équipe el 18 de diciembre. Como ejemplo de que Djokovic es un «icono» para los antivacunas recordó el ratio de vacunación en Serbia, inferior al 50%.
El caso es que Djokovic acabó perdiendo uno de los partidos más decisivos de su vida. Y que puede afectar gravemente a su imagen y a su carrera. Si decide no vacunarse como han hecho el 97% de sus compañeros, tendrá difícil también jugar en países como Estados Unidos (US Open) o Gran Bretaña (Wimbledon), que exigen la doble pauta. Australia no se lo ha permitido.
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