Por años, la sabiduría popular ha intentado justificar por qué ciertas personas parecen ser blancos predilectos para estos animales, mientras que otras pasan desapercibidas en el mismo entorno. Una creencia muy extendida sostiene, erróneamente, que algunos individuos poseen una sangre más dulce o apetecible, lo que los hace irresistibles para los insectos.
La ciencia moderna ha desmentido categóricamente este mito, demostrando que las razones reales detrás de esta preferencia son mucho más complejas y están estrechamente vinculadas a procesos biológicos naturales que ocurren diariamente en nuestra piel y sistema respiratorio.
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Foto: Magnific
¿Existe realmente la sangre dulce para los zancudos?
El biólogo Rubén Bueno explica que la teoría de la sangre dulce es un concepto equivocado y sin base científica. Los mosquitos no seleccionan a sus víctimas por el sabor de su sangre, sino que son guiados por una serie de señales físicas y químicas que el organismo humano emite de forma constante.
En primer lugar, la exhalación de dióxido de carbono actúa como una señal de rastreo a larga distancia para las hembras de mosquito, quienes requieren de las proteínas presentes en la sangre para el desarrollo de sus huevos.
Al acercarse, los receptores sensoriales del insecto analizan los compuestos químicos en la piel y el sudor. Sustancias como el ácido láctico, el amonio y los ácidos carboxílicos, producidos por las bacterias naturales de nuestra dermis, generan una huella olfativa única en cada persona. La diversidad y cantidad de estas bacterias varían según el individuo, lo que explica por qué algunos resultan más atractivos para los insectos que otros.
Asimismo, la temperatura corporal y el calor residual son determinantes en la fase final del acercamiento. Actividades como el ejercicio intenso, la ingesta de alcohol o el estado de embarazo aceleran el metabolismo y aumentan la sudoración, haciendo que la persona sea más detectable temporalmente.
Comprender estos procesos permite dejar atrás creencias infundadas y optar por el uso de repelentes adecuados, en lugar de atribuir el problema a la composición de la sangre. La ciencia confirma que la clave reside en la química corporal de cada individuo.