Entre las instituciones más emblemáticas destaca Criollitos de Venezuela, una organización con más de seis décadas de trayectoria, reconocida nacionalmente como una verdadera cuna de talentos deportivos. Jhorny Sojo, presidente de la organización en la región, señaló que solían ser un referente capaz de movilizar a miles de niños en sus actividades.
No obstante, el panorama actual es desolador. Los terremotos del 24 de junio, con magnitudes de 7,2 y 7,5, devastaron gran parte de La Guaira, dejando un saldo oficial de más de 4.500 fallecidos y cerca de 17.000 heridos. El impacto en Criollitos ha sido devastador, con reportes preliminares que sugieren que más de un centenar de niños, entrenadores y dirigentes perdieron la vida o permanecen desaparecidos.

Fundada en 1962 por el expelotero Luis “Mono” Zuloaga y el médico José Del Vecchio, la organización nació con el objetivo de fomentar el béisbol infantil. A pesar de las reticencias iniciales de las autoridades deportivas de la época, su filosofía de formar ciudadanos útiles a la patria prevaleció. Hoy, con presencia en todo el país, Criollitos ha sido el punto de partida para estrellas como Andrés Galarraga, Omar Vizquel, Bob Abreu y Johan Santana.

La presidenta nacional, Delida Yépez, lamentó profundamente que el grupo más afectado por la tragedia haya sido el de los más pequeños, conocidos como el semillero, niños de entre cuatro y cinco años. La magnitud de la destrucción ha dificultado las labores de censo, ya que muchos dirigentes también resultaron damnificados y perdieron sus hogares.

Sojo, quien sobrevivió de milagro al colapso parcial de su edificio, describe la situación como un campo de guerra donde todos perdieron sus pertenencias. Ante la incertidumbre sobre la reconstrucción de la zona y el futuro de los campos de juego, ahora convertidos en refugios, el llamado de los directivos es claro: que la comunidad nacional e internacional no olvide a los niños de La Guaira.

Pese al dolor, la esperanza persiste en los refugios, donde los niños, aferrados a sus guantes y pelotas, intentan mantener viva la pasión por el juego, demostrando que, incluso en medio de la tragedia, el béisbol sigue siendo un símbolo de resiliencia.

