La organización enfatizó que, aunque la inestabilidad del servicio eléctrico afecta a toda la población, el impacto es especialmente devastador para quienes se encuentran privados de libertad. Para estos ciudadanos, la ausencia de energía eléctrica trasciende la incomodidad, transformándose en una forma de tortura indirecta. En celdas donde la población supera las 50 personas, la temperatura se eleva de manera crítica en cuestión de minutos.
El informe subraya que el impacto psicológico derivado de la oscuridad total es otro factor agravante. Durante las horas de racionamiento, los internos permanecen en una penumbra constante que dispara los niveles de ansiedad y desesperación. La falta de iluminación dificulta las labores de vigilancia y exacerba las tensiones internas, elevando significativamente el riesgo de riñas en espacios donde los detenidos deben dormir de pie, sentados o suspendidos en hamacas improvisadas con sábanas.
Los testimonios de los reclusos describen un ambiente asfixiante donde, ante la nula circulación de aire, las paredes de los calabozos parecen sudar. En la mayoría de los casos, la única fuente de oxígeno es una puerta abierta, una medida totalmente insuficiente para grupos tan numerosos. Familiares de los afectados han denunciado que, al no tener acceso a espacios abiertos, los detenidos permanecen sometidos a un encierro total las 24 horas del día.
Finalmente, el OVP advierte que la combinación de falta de luz, nula ventilación y hacinamiento crítico convierte a los calabozos de la región central y occidental en focos de propagación de enfermedades. La organización lamenta la ausencia de voluntad por parte de las autoridades para corregir esta situación, donde se vulneran sistemáticamente los derechos humanos de los reclusos día tras día.