Según la descripción del director de actuación procesal del Ministerio Público en el exilio, Zair Mundaray, informó sobre los hallazgos médicos legales en el cuerpo del capitán: “16 arcos costales fracturados, ocho de cada lado, las tres primeras y la última en buen estado, de ambos lados”.
El detallado informe señala además que el cadáver del capitán presentaba “Fractura de tabique nasal, excoriaciones en hombros, codos y rodillas, hematomas en el muslo en la cara interna y ambas extremidades. Lesiones (similares a latigazos) en espalda y muslos parte posterior, un pie fracturado, múltiples escoriaciones y signos de pequeñas quemaduras en ambos pies (se presume electrocución)”.
Es importante destacar que un documento de la primera autopsia practicada al cadáver de Rafael Acosta Arévalo reveló que sufrió edema cerebral debido a politraumatismos generalizados.
Según el informe compartido en su cuenta de Twitter por el periodista Eligio Rojas, @elespinito, la causa de muerte fue un “edema cerebral severo por insuficiencia respiratoria aguda, tromboembolismo pulmonar debido a rabdomiólisis por politraumatismo generalizado”.
Todo ello permite apreciar apenas la saña con que fue tratado el oficial ante lo que el Estado, luego de gerenciar los procesos de tortura de los cuerpos que dirigen, busca excusarse con dos “chivos expiatorios” que si bien es cierto hayan cometido el abominable crimen, lo hicieron, igual que todos los verdugos en las mazmorras, con anuencia, conocimiento y órdenes desde los más connotados jerarcas chavistas.
La abogada venezolana defensora de Derechos Humanos, Tamara Sujú, había adelantado que la Dgcim torturó brutalmente al capitán de corbeta hasta matarlo. ”Llegó a los Tribunales en silla de ruedas, presentando graves signos de tortura. No hablaba, solo pedía auxilio a su abogado. No entendía ni escuchaba bien”, informó Sujú en su oportunidad.