En la antigüedad, durante el Imperio romano, el ‘tripalĭum’ era una trampa con tres puntas o palos que se usaba para inmovilizar caballos, cerdos o bueyes, y así poder examinarlos o colocarles las herraduras; sin embargo, posteriormente se empleó para castigar esclavos.
En este período, se aplicaron diversos métodos de tortura para causar sufrimiento, suplicio y padecimiento a los reos y condenados, entre ellos, este que hemos mencionado, que se componía de tres estacas clavadas en el suelo, dos colocadas en forma de equis y una que las cruzaba verticalmente, donde era atado el condenado o ajusticiado. Tras atizarle fuertes golpes o latigazos, después se le prendía fuego.
Sin embargo, la relación entre ‘trabajo’ y ‘tripalĭum no es de pegar sino de sufrir, ya que cuando se inventó esta palabra, la mayoría de la población trabajaba en el campo realizando esfuerzo físico y eso los hacía sentir como si hubiesen sido apaleados.

De ‘tripalĭum’ surgieron, entonces, las palabras ‘trabajo’, ’travail’ –francés-, ‘travaglio’,–italiano-, y ‘trabalho’ –portugués-.
En las lenguas germánicas y eslavas el origen de ‘trabajo’ tiene que ver con el sufrimiento; en alemán, ‘arbeit’ sugiere esfuerzo y sufrimiento; en inglés, ‘work’ viene del gótico ‘wrikan’, que implica persecución; y en eslavo, ‘rabota’ significa tarea forzada.
En la actualidad, este término se asocia más con laborar, tener una ocupación remunerada en una empresa o una institución, o ejercer determinada profesión u oficio, aunque para muchos, a pesar de la supuesta comodidad del trabajo de oficina o freelance, sigue siendo un sinónimo de esclavitud o tortura.