Mientras que durante el día el cuerpo se mantiene en movimiento y en posición vertical, favoreciendo el tránsito intestinal, por la noche el metabolismo digestivo disminuye su velocidad. A esto se suma el hábito frecuente de realizar cenas abundantes acompañadas de un vaso de leche poco antes de acostarse, una combinación que suele derivar en molestias digestivas que muchos confunden con intolerancias, sin considerar factores como la postura o el horario.
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Foto: Magnific
El impacto del malestar nocturno
La nutricionista Patricia Yárnoz Esquiroz explica que ingerir lácteos después de una comida pesada y recostarse de inmediato facilita la aparición de reflujo, sensación de pesadez y malestar general. Al adoptar una posición horizontal, el cuerpo pierde el beneficio de la gravedad, permitiendo que los jugos gástricos asciendan con mayor facilidad hacia el esófago.
Es fundamental aclarar que estas molestias no siempre indican una intolerancia a la lactosa, ya que muchas personas pueden consumir leche sin problemas durante el día o en cantidades moderadas. En casos de verdadera intolerancia, el organismo no produce suficiente enzima lactasa, lo que provoca síntomas como gases, hinchazón y dolor abdominal. Para distinguir entre una mala absorción y un problema digestivo puntual, los especialistas recomiendan evaluar los síntomas y acudir a un médico para realizar pruebas específicas, como el test de hidrógeno en aliento.
Como recomendación práctica, los expertos sugieren evitar el consumo de alimentos y lácteos entre dos y tres horas antes de dormir. Esta medida permite que el estómago finalice su proceso de digestión adecuadamente, garantizando un descanso nocturno reparador y evitando la acidez o la pesadez estomacal.