Rojas describió su presea de bronce, lograda con un salto de 14,76 metros, como algo «hecho de lágrimas, cicatrices, noches interminables y pensamientos» que la instaban a abandonar. La lesión no solo le impidió competir en los Juegos Olímpicos de París 2024, sino que también representó un desafío significativo para su ritmo deportivo.
En sus declaraciones a través de su perfil de Instagram, la atleta nacida en Caracas enfatizó que estos dos años han sido una «prueba de fuego». «Una lesión no solo cambia la rutina: transforma la mente, sacude el corazón y te obliga a mirar la vida desde otro ángulo», afirmó.
La campeona relató la dificultad de sus días, donde «el simple hecho de caminar era una batalla y noches en las que me preguntaba si alguna vez volvería a competir». Señaló que «el dolor físico es duro, pero lo más difícil es cuando la herida toca el alma, cuando te sientes frágil, pequeña e insegura».
A pesar de los momentos oscuros, Yulimar encontró la fuerza para seguir adelante. «Sin embargo, en medio de la oscuridad, aprendí a encontrar luz. Aprendí a valorar cada paso como un regalo, cada avance como una victoria, cada señal de esperanza como un motivo para seguir», confesó.
La experiencia le enseñó valiosas lecciones: «Esta experiencia me enseñó paciencia, me enseñó a confiar y a reconocer que los tiempos de Dios son perfectos, aunque a veces no los entendamos. Sobre todo, me enseñó que un sueño verdadero jamás se rinde, porque vive en lo más profundo del corazón».
Finalmente, Yulimar reiteró el profundo significado de su medalla: «Esta medalla no está hecha solo de metal. Está hecha de lágrimas, de cicatrices, de noches interminables, de entrenamientos que dolía».