Tenía 48 años, pero una apariencia muy juvenil y “pava”, comentaron los amigos de la dama, que trabajaban en la peluquería de al lado.
Por espacio de una hora o más, a las afueras de lo que también servía como una joyería, la muchedumbre no dejaba de mirar a la puerta del local, con el morbo de ver el momento en el que los funcionarios del Eje de Homicidios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), sacaran el cadáver de la mujer; aquello parecía una película de terror; que enfrió el cuerpo de los espectadores, cuando se enteraron que la señora habría sido asesinada de varias puñaladas en el cuello.
Llegaron las 2:00 de la tarde, el público se mantenía perplejo en el lugar, en Maturín ese tipo de crímenes eran poco usuales. Los amigos de Rosa Acosta, se acercaban a cuentagotas a un espacio separado por la banda amarilla de “escena del crimen”, donde solo podían estar los familiares, allí consolaban a una dama que gritaba despavorida, la hija de crianza, testigo presencial del horrendo crimen.
Poco antes de las 3:15 de la tarde, el cadáver por fin fue retirado del sitio, la mujer se abalanzó sobre aquella gaveta donde cuatro hombres cargaban el resto humano, y haciendo su mejor actuación, gritó todo el amor que le sentía a la dama; a quien llamaba mamá.
Pasaron un par de semanas, las investigaciones seguían su curso; en la experticia inicial realizado por el equipo de criminalística, algo no encajaba: la testigo presencial, no fue golpeada, ni sometida, pese a que estaba en el mismo espacio, no presentó signos de maltrato, incluso, al verificar las cámaras de seguridad del local, se observó cómo al momento del ingreso de los dos homicidas, esta se escondió en el baño, mientras los criminales degollaban a su madre de crianza.
“Ellos no se llevaron nada de la tienda, llegaron, mataron a la mujer y salieron a velocidad”, indicó un funcionario ligado al caso; apreciación que descarta el asalto como móvil del crimen.
La hija de crianza
Para la segunda semana del mes de agosto, se destapó la olla; las averiguaciones apuntaban a una sospecha muy fuerte, la hija de crianza lo sabía todo.
Seguimientos, pruebas de polígrafo, perfiles psicológicos y psiquiátricos y constantes interrogatorios, la hicieron hablar.
Resultados
Aixamelys Acosta, la hija, de apenas 24 años de edad, estaba perdidamente enamorada de un recluso del Centro Penitenciario de Oriente, Richard Ernesto Garabito Ascenso, quien necesitaría una fuerte cantidad de dinero para pagar su libertad condicional, que solo podía conseguir a través de la muchacha. Juntos orquestarían el asesinato.