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Se propagan los abastos en las aceras del Zulia

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Un “tarantín” con pasta, aceite y harina de trigo ocupa parte de la acera. A 40 metros resalta un cartel fosforescente con “Pañales de todas las tallas”. En la otra calle hay tres más con ropa usada. Hay de todo, lo que busque; los más modestos tienen solo comida o “corotos”, los más sofisticados venden, incluso, sillas de rueda y bombonas de oxígeno.

Estos puestos informales no existen solo en el centro de la ciudad; se extendieron hasta las zonas residenciales del norte, del este, del oeste y también del sur. Son historias que protagonizan más de un profesional en busca de un resuelve ante los exorbitantes precios que se comen sus escasas entradas. Algunos se han conventido en el objetivo de los “cobravacunas”, quienes pretenden llevarse todo lo que venden estos zulianos.

Cuando el bolsillo está rasgado y la crisis pega, lo que no servía se convierte en un salvavidas. La necesidad se viste de bodega a cielo abierto.

El vacío de la nevera alimenta de preocupación a Yohendry Manrique, quien a sus 15 años deja de pensar en fiestas con los amigos para idear estrategias que apacigüen la precariedad. El  sueldo de su mamá como educadora (100 mil bolívares) “golpea” más fuerte que nunca a la familia de siete integrantes. Su papá está incapacitado y no percibe grandes ingresos.

“Algo tengo que hacer”, piensa, incesantemente, el joven. “A esta edad reflexiono y me doy cuenta de que no puedo esperar a ser mayor de edad para trabajar”, es la premisa que cobra cada vez más fuerza.

Una mesita vieja de la casa sirve de exhibidora de las cosas gastadas que antes acostumbraban  botar o  regalar a la gente pobre. Ahora los Manrique se colan en esa clasificación. Con dudas, se atreven a abrir a los desconocidos el portón de ciclón de la casa, ubicada en la calle 158 de la urbanización San Francisco, que usualmente permanecía cerrado.

Blusas, camisas, zapatos y prendas esperan por los compradores. El primer día no es mucha la venta, pero la esperanza por otra “entradita” no se apaga.

“De lunes a sábado, mi papá, mi hermana y yo nos turnamos para encargarnos del puesto. Cuando ella está en la universidad, yo atiendo; cuando ninguno puede, se encarga mi padre”, comenta con timidez el muchacho, quien ahora tiene 16 años.

Unos 5 mil o 6 mil bolívares semanales perciben por la venta de garaje. Sin embargo, en ocasiones, les toca “aguantar” uno o dos días duros; necesitan dos semanas de trabajo para costear una compra mínima en la panadería. “A mí me da tristeza ver que mis padres no tienen nada que comer”, suelta, luego de un hondo suspiro, al tiempo que recuerda las épocas de bonanza que hoy parecen una utopía.

Es el mismo sentimiento que arropa a Francisco García, un marabino de 54 años que pierde su empleo como mesonero y se lanza a armar su negocio frente a su casa, en la calle 59, del sector Ziruma, en la zona norte de Maracaibo.

Disfraces, artículos deportivos, películas, bicicletas, carpas, ventanas, electrodomésticos, herramientas, piezas de vehículos, incluso, sillas de rueda y bombonas de oxígeno es parte de lo que descansa bajo el penetrante sol. La piel tostada de García y de su esposa delatan en qué han invertido los últimos cuatro meses, seis días por semana.

“A mí me daba pena ponerme en esto, pero se me ha pasado porque el hambre quita la vergüenza”, admite, entre risas, mientras atiende a un cliente.

Pero, aunque reconoce que ha crecido lo que comenzó como “algo pequeño” y puede obtener hasta 30 mil bolívares en un “buen día”, se aflige porque solo les “ayuda a sobrevivir y a medio comer”, pues muchas veces no hay venta.

Según la firma Ecoanalítica en su informe Perspectivas 2017, en Venezuela “el indicador de Índice Nacional de Precios del Consumidor (Inpc) cerró el 2016 en 525,1%” y estima que este año la inflación será de 850%.

Por su parte, en la calle 55 del sector La Trinidad, también al norte de la ciudad, está el puesto de Oscar Torres, de 44 años, un comerciante que tuvo que convertir, hace dos años, su charcutería en un bazar porque “los números no le daban”. Sentado sobre un ring, espera, paciente, a un comprador que le “resuelva” el pollo del almuerzo, que puede costar hasta 10 mil Bs.

Llega a su casa agotado, en “la espera de otro día de la rutina”, tan impredecible como necesario; acechado por la nostalgia de lo que un día tuvo de sobra y que hoy se resume en “un golpe de suerte”.

Mientras que en el sur, específicamente en Los Haticos, estas ventas de acera también se encuentran como arroz. De ambos costados de la calle,  comida y “corotos”, muchas veces mezclados en un mismo puesto. Marielis Sánchez es periodista, pero se está “puliendo” como vendedora. Está desempleada y se inventa un abasto de plátanos a la intemperie. “300 bolívares y bien grandes”, dice el aviso de cartón que se sacude con el paso de los carros. La joven de 33 años sostiene que le resulta “muy difícil tener que emprender este negocio siendo una profesional”.

En otro sector del norte de la capital zuliana la realidad pinta de un tono más oscuro. Juan Pérez (identidad protegida), de 51 años, se enfrenta a la disyuntiva de mantener a los 11 integrantes de su hogar con la tienda descubierta o resguardar su vida; la extorsión de unos antisociales está a punto de sellar esta entrada extra.

“Yo vendo y reparo cosas desde hace dos años. Aquí hay de todo, pero esta semana no he ganado nada. Estamos sobreviviendo y con el miedo de que regresen los cobravacunas”, cuenta, sin quitar la vista del equipo de sonido que arregla con la ayuda de una de sus hijas.

Esta modalidad delictiva es frecuente en la región, pero ahora el blanco no solo son personas con buenos ingresos económicos, sino vendedores informales que solo tienen una mesa con productos.

Este es el escenario de la mayoría de las zonas residenciales de Maracaibo y San Francisco, donde el paso peatonal está ocupado por abastos al descubierto. Vendedores esperan días productivos y compradores  buscan las ofertas que no encuentran en centros comerciales y supermercados. Y también, delincuentes que exigen “lo suyo”.

Con información de Panorama
#Economía

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