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Decir lo que se piensa, no justifica la falta de respeto.

|12 min
Imagen de la noticia: Decir lo que se piensa, no justifica la falta de respeto.

Hola queridos amigos. Acá vengo con otra disertación, sí, con una más, pero es que no puedo ahora ver algo que me inquiete, o que me conmueva hasta la médula de los huesos, y que no me dé por ponerlo por escrito. Quizás, todo se deba a mis ansias de hacerme notar, algo que he sopesado con el corazón y con la mente, y que podría ser una posibilidad, ya que no estoy tan cegado por el amor propio a sí mismo, como para no tener en cuenta esa inquietante posibilidad. O, (porque siempre hay que mirar las cosas bajo distintos ángulos) todo sea para escapar un poco de la realidad. Para mantenerme como si de una terapia se tratara, al margen, donde pueda evaluar así los infinitos hechos de mi vida, y desvelar por tanto los misterios de un alma inquieta, un alma buscadora de la verdad.

Pero… ¿Qué me ha llevado a hablar hoy sobre esto? Y, ¿qué es lo que realmente pretendo decirles? Que producto de una noticia que pasaré a comentarles a continuación, me he puesto a pensar como se ha perdido el respeto. Y como con la libertad de acción que da la liberalidad (curiosa redundancia) ahora cada quien cree y siente que puede hacer lo que le venga en gana.

Ahora bien, hablemos del hecho. Sucedió que una mujer, le vociferó al Papa, “La corrupción mata”. Aprovechando cuando este pasaba a través de la plaza de San Pedro para su audiencia general de cada miércoles. Más allá de las creencias y sentir de cada quien, que no tienen por qué ser precisamente religiosas ni que digamos de devoción hacia Francisco y su particular ministerio, pienso que fue una total falta de respeto. Tenemos que ver lo ocurrido a través de un lente imparcial y objetivo (cosa que no siempre es fácil) y procurar analizar los hechos, sin apasionamientos, tomando solo en consideración las causas y las consecuencias.

Paso a citar entonces, la noticia en su integridad, para que se pueda tener previo conocimiento de la situación. La chica, de nombre Juliana Conget, a voz en grito, interpela al papa con lo siguiente: «Jorge: la corrupción mata. No seas cómplice. Bergoglio, no seas cómplice». Y según ella, y previa declaraciones a la prensa, (ahora salir en los medios no resulta complicado) sus motivaciones fueron, y cito:

‘Conget, que vive en Bahía Blanca había llegado a las puertas del Vaticano muy enojada con Francisco. «No puede ser lo mismo recibir a Guillermo Moreno que a Margarita Barrientos», le dijo al diario La Nueva Provincia de su ciudad. Y agregó que la detención ayer de José López, con casi 9 millones de dólares en su poder, fue la gota que colmó su vaso.

«El Papa tiene que marcar diferencia entre lo bueno y lo malo, pero lo único que hace es meterse en política recibiendo a gente implicada en casos de corrupción.

Y la corrupción mata. Y no es de buen católico bancar a corruptos», razonó la vecina de Bahía Blanca en la plaza.

Y concluyó: «Esa fue mi manera de repudiar lo malo: no me parece sano naturalizar actos corruptos. Y no debe dar lo mismo. Este mensaje es para quienes nos roban y también a quienes saben y se hacen los distraídos»’.

Pues yo no me meteré en políticas.  Primero porque sería contra producente, ya que como extranjero no tendría la visión adecuada sobre las complejidades de las situaciones que se presentan fuera de mi país, y por otra parte, porque eso se saldría del enfoque de este artículo. Yo quiero llamar su atención sobre como ahora se nos hace tan difícil no sucumbir al protagonismo, y como valiéndonos de la libertad que nos da la flexibilidad de los derechos a la libre expresión, la empleamos para atropellar a cualquiera con lo primero que se nos pase por las cabezas.

Esta chica no se dirigió de tan maleducada manera a Francisco, porque estuviera al borde por su forma de conducirse con sus compatriotas (a quienes tiene en baja estima) ni por qué no haya tenido la posibilidad de hacerlo en mejor modo. Ella, y según cómo puedo analizar las cosas, optó por un método más resonante, que le daría popularidad al instante, y que produciría como seguramente lo esperaba, una mayor sensación y ruido. Esta conclusión más allá de lo que pudiera sopesar por aquí, queda más que evidente al leer el título de la noticia. “Al fin alguien le dice al Papa las cosas que no le gustan escuchar”.

Pero… ¿Quién podría presumir que ve en los corazones para poder saber eso?

¿Cómo podemos llegar a creernos, que con solo seguir al Papa en su ministerio ya le conocemos a profundidad?

No señores. Acá lo que sucede es que las nuevas tecnologías de la información, nos han dado una falsa confianza en que podemos discriminar cualquier cosa que se nos dé por llamar noticia, y luego con toda arrogancia, sentirnos con la libertad (para no decir absoluta potestad) de evaluar, juzgar y condenar, lo que por casualidad se nos haya puesto bajo nuestro interés.

Ahora bien. El Papa como figura simbólica de una religión merece respeto. Al margen de su persona que temporalmente desempeña un rol, al igual que lo hace un presidente, o un líder de cualquiera otra área, merece por lo menos el más mínimo de consideración. Y es ni más ni menos, lo que censuro de lo ocurrido. Como ya dije antes, no es prudente que me ponga a analizar si lo expuesto por esta chica, sobre el trato de Francisco con gente de dudoso proceder, es correcto o no. Yo solo me baso y aprovecho el hecho, para sentar la reflexión, que no es primera vez que esto sucede. Que no solo a los Papas se les coloca bajo la mira de la intolerancia, sino también a los dirigentes de cualquier tipo, a los artistas, a los padres, a los ancianos, y hasta al vecino, si así nos parece bien.

Pero… ¿realmente está bien?

¿Damos acaso un buen ejemplo a nuestros hijos, al enseñarles que las ansias por decir lo que se piensa, supera y vale más que la consideración y el respeto?

Y luego entonces nos preguntamos con estupor, por que las cosas andan de mal en peor. Por qué ahora los jóvenes, (aunque yo no esté tan mayor, puedo hablar así) casi nos pegan, cuando tan solo les llamamos la atención. Es sobre este punto que siento repudio, es sobre el hecho de no haber buscado la forma de hacerle llegar su inconformidad a Francisco, quizás por medio de una carta, o de alguna charla privada, donde lo discutido quedara entre ambos, y no se volviera un tema más de sensacionalismo como de hecho lo es, que no puedo sentirme acorde con una acción que deja solo el mal ejemplo de que se puede gritarle en la cara a una figura pública y mayor por añadidura, y en vez de llamarnos a reconvención, más bien es celebrado por algunos.

Yo vengo de una educación, donde el respeto en especial a los mayores, era lo primero. Donde sí se daba la libertad de decir lo que se sentía, pero en buena forma, no cayendo en la grosería. Y donde si te la dabas de rebelde, si violabas las reglas que no habían sido impuestas por capricho, sino para una sana convivencia, se te castigaba sin ningún miramiento. Pero no, ahora eso está mal visto. Ahora somos una civilización moderna, donde podemos hacer lo que queramos. O al menos esa es la impresión que nos hace sentir la tanta indiferencia ante las normas sociales. Porque nótese bien.  Lo que distingue una norma de una ley, es que la primera nace de la formación y condición moral. En cambio la segunda, es fruto de la invención del hombre, y depende de la fuerza para su efectivo cumplimiento. Entonces…

¿Por qué no darle mayor valor a lo interno?

¿Por qué no comprender, que aquel que se domine a sí mismo, es el mejor de los ciudadanos?

Para concluir, diré que esto de condenar a alguien sin tener una clara visión sobre el alcance de su impacto en la sociedad, es una soberana falta de lucidez. Mucho se ha hablado de Francisco en su trato con ciertas personas con un pasado o historial de vida poco halagüeño; pero las gentes como que no se han puesto a reflexionar, (Hablando de hacerse los distraídos) que Francisco no es sólo una persona como los demás, si no que cumple con la peliaguda cuestión, de intentar representar a Cristo en la tierra. Y como digo, como que nadie  ha caído en la cuenta que el maestro no se la pasaba con los más santos, si no con los pecadores y aquellos que buscaban la luz que les permitiera ver con algo de claridad.

Por tanto ¿Cómo no pedirle al Papa, que pese a que le juzguen y condenen, no haga lo mismo?

Más bien, nosotros tendríamos que seguir su ejemplo, si es que realmente presumimos de ser buenos cristianos. Y si no nos sentimos con ánimo para hacerlo, puesto que en las cosas de dios nada es obligado, al menos tengamos la decencia de dejar que quienes si lo intentan, puedan seguir haciéndolo sin tontas vociferaciones que les importunen.

Pero, quizás todo se deba a que ya no tenemos ninguna consideración, con lo que nos hablan nuestros padres o abuelos. Cometiendo así, la mayor falta de respeto. Un abrazo.

Por: Christopher J. bravo.

Con información de Christopher J. bravo.

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