El tema, que en su concepción original data de 1990 y se caracterizaba por su ritmo de merengue, ha sido reinventado como una balada cargada de romanticismo. En esta nueva entrega, el sonido del flugelhorn de Pérez se entrelaza de manera magistral con la inconfundible voz de Diveana, edificando una atmósfera íntima y de gran sofisticación sonora.
La producción de esta pieza musical, que se gestó entre los estudios de Miami y la propia Venezuela, contó con la valiosa participación de músicos de la talla de Hugo Fuguet en la guitarra, William Sigismondi al piano y Moisés Contreras en la percusión, aportando cada uno su sello distintivo a la grabación.
Según relatan los protagonistas, la génesis de este proyecto fue enteramente orgánica, naciendo de encuentros informales. Anthony Pérez compartió: «Cuando la tocábamos juntos en reuniones entre amigos, un día le propuse llevarla al estudio. A ella le encantó la idea y me dijo: ‘Anthony, hagamos esto, suena bellísimo'».
Esta complicidad artística se manifiesta claramente en la ejecución del tema, donde la naturalidad de la interpretación permite que el instrumento y la voz dialoguen fluidamente, sin opacarse mutuamente, lo que realza la profundidad lírica de uno de los temas más memorables en la discografía de Diveana. La calidad sonora final, que respeta tanto la esencia del original como la innovación aportada, fue asegurada gracias a la labor de German Landaeta en la mezcla y masterización.