Se trata quizá de un cuento de hadas para runners, pero sin duda es la historia de la más apasionante distancia de fondo: el Maratón. Aquella ardua tarea que tan sólo se aventura a conseguir el 1% de la población, y aún con ello arrastra mareas de hombres y mujeres que buscan la conquista de sí mismos.
Del mito al Maratón

Corría el año de 490 a.c cuando Grecia libraba una batalla en contra de Persia. En Maratón, una playa semidesértica con humildes casas de pescadores, se enfrentaron unos doce mil soldados griegos ante un ejército ampliamente superior, que llegaba a los 30 o 40 mil persas que amenazaban con llegar a Atenas y violar mujeres y matar niños.
Los griegos tenían la consigna de matar a sus propios hijos si Persia lograba la victoria. Contra todo pronóstico, el austero ejército griego ganó la batalla y entonces surgió el temor de que los atenienses se mataran entre sí por lo que había que avisarles del triunfo. Es ahí en donde la historia de Maratón cobra vida. Los maratonianos delegaron en Filípides la tarea de correr desde Maratón hasta Atenas para avisar a hombres y mujeres sobre la victoria y salvar así a miles de familias.
Entonces ese hombre corrió de madrugada para llevar la noticia. Tras varias horas de carrera, entró a Atenas y gritó ¡victoria! ¡victoria! ¡victoria! y se desplomó ante el esfuerzo. Con el conocimiento del triunfo, la ciudad cerró sus puertas. Y se salvó.
Maratón moderno
Mucho tiempo después, cuando se planeaban los primeros Juegos Olímpicos en 1896 surgió la idea de revivir la legendaria carrera, gracias a la propuesta del especialista en mitología griega Michelle Breal. El barón Pierre de Coubertin, que se considera como padre de los Juegos Olímpicos modernos, aceptó la idea y se instituyó una prueba con una distancia de 42 kilómetros, distancia que entonces se creía, existía entre Maratón y Atenas.
¿Y los 195 metros?
Esta es la mejor parte de la historia. La distancia válida hasta hoy para un maratón es de 42 kilómetros 195 metros y no hay nada mítico o anecdótico en el hecho, simplemente se debe un poco al azar y otro al capricho. Era 1908 y los Juegos Olímpicos se llevarían acabo en Londres. El Príncipe de Gales, Jorge V y la Reina Alexandra quisieron que la carrera se comenzara en el Castillo de Windsor, para poder verla con comodidad (según parece llovía).
Asimismo para poder ver la llegada pidieron que ésta fuese frente al palco real dentro del estadio Olímpico, la distancia resultante de este par de caprichos fue de 42.195 metros, lo que hasta ahora mide un Maratón, sin excepción alguna.